Llego la noche de la fiesta y Sebastián
apenas podía contener su emoción. Le iba a pedir
la mano esa noche. Creía que ella por fin se había
rendido a sus encantos, si no ¿por que le habría invitado?
Cuando Sebastián llegó, trajeado
y lavado, la casa ya estaba repleta de invitados. la sencillez
del joven no paso desapercibida y un importante personaje gaditano
le pregunto al padre de Inés que que hacia semejante basura
en la fiesta. El padre se empezó a reír y le dijo
que ya vería. Sebastián se acerco al padre de Inés
y le pidió la palabra. Todos se quedaron callados al ver
que el tal Sebastián hablaba con un señor de la
aristocracia. Sebastián pidió la mano de Inés,
allí, delante de todos. El padre contesto que para ello,
tendría que demostrar su amor con una prueba mas sincera
que las que el había demostrado hasta entonces.
- Si de veras quieres a mi hija, harías
cualquier cosa por ella ¿no?
- Cualquier cosa. todo sea por el amor
de Inés.
- Pues para demostrarme que harías
cualquier cosa por ella, incluso morir por ella, has de hacer
algo sincero. solo entonces te daré la mano de mi hija.
- Haré cualquier cosa. Dí
lo que sea.
- Pues córtate la cabeza.
Toda la fiesta comenzó a reírse
del joven. Pensaban que había sido la mejor inocentada
que se había hecho en una fiesta de los Mongolia desde
hacía años, pero el joven salio de la estancia en
busca de un arma. Fue al establo de la familia y encontró
un viejo hacha colgado de la pared.
- Nos veremos mas allá de la muerte,
Inés.
Y entonces un enorme rayo cayo sobre la
casa, justo en el momento en que el filo del hacha troceó
la nuca de Sebastián. El incendio fue inmediato, y todos
los invitados salieron de la casa. Pero por algún extraño
motivo, ningún Mongolia logró escapar. La casa quedo
intacta por fuera, con tan solo pequeñas marcas del desastre
de la noche. Y aun hoy, en la noche de San Juan se puede escuchar
al joven Sebastián gritando y ver su cuerpo descabezado,
en busca de su Inés